Leyenda del hilo rojo

En Japón, durante los tiempos feudales, se creía en la famosa historia del hilo rojo. Aquella que narra cómo dos desconocidos se encuentran predestinados a conocerse y establecer algún vínculo, generalmente amoroso.

El relato es bien conocido en todo occidente, importado directamente desde el país del sol naciente. Muchas son las historias de almas gemelas que están destinadas a comprometer sus vidas. Se cuenta que la conexión es indestructible, no importa los avatares del destino, esos dos seres humanos que se unen por medio del hilo rojo, harán contacto en algún momento de sus existencias.

En una antigua dinastía, el emperador se encontraba fascinado por el antiguo relato. Se enteró de una sacerdotisa que decía ser capaz de ver las conexiones entre las personas. Envió una comitiva a su búsqueda, pues ansiaba conocer la persona que estaba destinada para él. Cuando la encontraron, la mística mujer accedió a ayudar al gobernante, a cambio de una generosa ayuda económica.

Leyenda Japonesa del hilo rojo

Las riquezas no eran problema para el importante sujeto. Estaba dispuesto a pagar lo que fuese necesario. Una vez cerrado el trato, ambos, la sacerdotisa y el emperador, salieron al encuentro del alma gemela de éste último.

Recorrieron cientos de kilómetros hasta llegar a un humilde pueblo al sur del país. En un pueblo de pescadores yacía una pobre mujer con una niña de 12 años, la cual prometía ser muy hermosa. Sin embargo, cuando el dignatario llegó a la choza, sólo estaba la madre de la pequeña quien no era muy agraciada.

El hombre, con furia, acusó a la sacerdotisa de estafadora diciéndole que no le daría ni una moneda de oro. Se negaba a aceptar que su destino estaría junto a una vieja artesana. La pitonisa al sentirse engañada, exclamó al emperador:

Tu alma gemela tendrás, pero, cuando hayan pasado cien lunas después de su primer encuentro, ella morirá, y estarás condenado a la tristeza de por vida.

Desde ese momento, nunca la volvió a ver. De regreso al palacio, estaba resignado a no saber nunca quién sería su amor. 10 años pasaron. Ahora él, con 35 años, necesitaba con urgencia una esposa . La dinastía de su familia estaba en juego.

En una de sus acostumbradas caminatas a las afueras de la residencia real, se topó con una hermosa vendedora de 22 años de edad. Fue amor a primera vista. Se acercó para conocerla. Sentía que su encuentro estaba escrito. Al poco tiempo le pidió que se convirtiera en su esposa, a lo cual, ella aceptó. La boda se celebraría el día número cien desde su encuentro. En la tarde de ese día contrajeron nupcias. Pero, al día siguiente, la mujer habría muerto sin causas aparentes, dejando viudo al emperador. Confirmando la condena que alguna vez le hizo aquella sacerdotisa.

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