El sacerdote de los difuntos

El padre Anselmo Martínez, muy conocido por la gente de Tlalnepantla, pues sus últimos años de vida pidió a la congregación el poder vivirlos en México. Quedó encantado de su gente y quería terminar su vida pudiendo ayudar a la mayoría de fieles mexicanos.

Así es como pasó sus últimos 10 años de vida, visitando a enfermos, ayudando a personas desamparadas. El padre Anselmo se dio a querer no solo por los habitantes del lugar si no que mucha gente empezó a visitarlo pues su fama creció mucho.

 


A la edad de 84 años el padre Anselmo dejo el mundo de los vivos en una noche. A su sepulcro, como era esperado asistió muchísima gente de distintas partes para darle el último adiós. Sus cofrades prepararon su despedida en grande y dejando que todos los creyentes se despidieran de él.  Lo llevaron al cementerio Jardines del Recuerdo en Tlalnepantla; los sepultureros asombrados por la magnitud de gente que llego al entierro pensaron que era un político o algún famoso, pues no habían visto tanta gente en el panteón. Fue hasta que develaron la placa que decía “Descansa en Paz padre Anselmo Martínez, un gran hombre piadoso y bondadoso. Dios ahora está en tu compañía”

Padre Anselmo
Los meses pasaron y los cuidadores del cementerio se percataron del maltrato que tenía el césped que cubría la tumba del padre Anselmo; por más que arreglaban al día siguiente siempre aparecían pisadas y dos marcas en forma circular, así que empezaron a vigilar pues creían que eran los visitantes quienes provocan tal cosa. Al darse cuenta que nadie pisaba el césped y al contrario atendían muy bien la tumba, los cuidadores no se podían explicar que es lo que pasaba. Fue hasta que un cuidador llamado Vicente Cordero decidió quedarse toda la noche pues se imaginaba que el culpable era un vándalo.
Alrededor de las dos de la madrugada escuchó ruidos y sintió un escalofrío tan fuerte que quedó paralizado por completo. Sentía tanto miedo y alcanzo a mirar una sombra de un hombre que se acercó a la tumba del padre Anselmo. Se incoó, por más que quería moverse no pudo hacerlo. Escuchó murmullos. Cuando se paró la sombra y se fue, él pudo recobrar el movimiento. Del miedo se fue corriendo a su casa. Al día siguiente decidió volver a quedarse pues su curiosidad era tan grande que quería saber qué es lo que pasó. Y volvió a sentir escalofríos y de nuevo se quedó sin movimiento, pero en esta ocasión era una sombra distinta y también se incoó. El comprendió que el padre no dejo de ayudar a la gente y las almas del cementerio iban a confesarse con el padre Anselmo.
La gran bondad y pasión por querer ayudar al prójimo del padre Anselmo hizo que siguiera ayudando incluso después de su muerte.

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